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Un poco de ayuda para el que ayuda

David Luterman es Profesor Emérito del Emerson College (Boston) y director del Centro Thayer Lindsley (Boston) para bebés con deficiencia auditiva y sus familias.

En la relación del orientador con el paciente, el primero practica una actitud de escucha profunda y desinteresada para ayudar al otro. El acto de escucha profunda requiere mucha energía y tener la capacidad de centrar la atención durante mucho tiempo. Para poder escuchar, sin involucrarse, el orientador necesita estar centrado psicológicamente. Esto se conoce como coherencia. Cuando las necesidades del orientador quedan fuera de la relación con el paciente, entonces es capaz de ayudarle. Sin embargo, si el orientador se encuentra en una situación emocionalmente precaria, la capacidad de no involucrarse se hace muy difícil, incluso imposible, ya que el orientador busca ser coherente en su relación con el paciente. Para poder ofrecer una ayuda eficiente, el orientador necesita practicar y desarrollar la autoayuda. En mis cuarenta años de experiencia en la enseñanza, he conocido muy poco personal que trabaje con problemas de la audición y del habla que practique una autoayuda eficiente. Como consecuencia, he conocido a muchos especialistas que se han «quemado» muy pronto, agobiados por demasiadas relaciones con pacientes dependientes. Creo que las destrezas necesarias y una ayuda efectiva se consiguen mejor a través del énfasis en la congruencia y en la capacidad de autoayuda del orientador, que a través de la técnica. A continuación presento algunas sugerencias para ayudar al que ayuda.

Mucha gente atraída por profesiones en las que hay que ayudar tiene una fuerte necesidad de que les necesiten. Su tendencia es a involucrarse demasiado, tanto con el paciente como con el trabajo, lo que les lleva a un desgaste profesional (Meadow, 1981). He llamado a este proceso el síndrome de Annie Sullivan (Luterman, 2001). Annie Sullivan es para mí el paradigma del profesional demasiado involucrado. Aunque consiguió que Helen Keller fuera una alumna excepcional, fué a costa de su vida personal. Se entregó totalmente a Helen y, a pesar de sus notables aptitudes, Helen nunca aprendió a tener una vida independiente. Annie, que tuvo una niñez muy dura, necesitaba alguien a quién amar y que le amara y necesitara. Por esta razón, no quería que Helen se apartara de ella y no le enseñó las destrezas necesarias para una vida independiente. De hecho, ella necesitaba más a Helen de lo que Helen la necesitaba a ella, aunque para un observador casual no lo pareciera. Este es un caso extremo de una relación de ayuda disfuncional. No obstante, elementos del modelo de Anni Sullivan se extienden a muchas de las relaciones de ayuda entre orientador y paciente en nuestro campo. Los asesores con una vida personal insatisfactoria y muchas necesidades sin cubrir, frecuentemente intentan satisfacerlas dentro de la relación terapéutica. Esto no suele ser, a largo plazo, beneficioso para el paciente. El resultado general de esta dinámica es una relación de dependencia excesiva para el orientador, llevándole al desgaste profesional.   

Lo que se ve muchas veces como un fallo del profesional en su capacidad de poner límites es la piedra angular de las relaciones de dependencia. Es absolutamente necesario establecer fronteras emocionales entre el profesional y el paciente. En The Family Crucible, un texto que uso en mi curso para orientadores, los terapeutas describen su trabajo a través del caso de una familia disfuncional. En el primer encuentro, los terapeutas se niegan a iniciar la terapia porque un hijo de la familia no ha asistido, y mandan a la familia a casa. El hecho de que los terapeutas tomen el control de la sesión y no hagan sentir cómodos a los miembros de la familia presentes siempre sorprende a los estudiantes. Estos, y supongo que ocurrirá lo mismo a muchos profesionales de nuestro campo, han introducido en su mente la noción de que su responsabilidad es adaptarse a las necesidades de los pacientes y no fijarles límites. Como resultado, los pacientes a menudo dirigen la terapia y queda en manos del terapeuta «arreglar» el problema, de tal forma que el trastorno pasa sutilmente a ser del terapeuta.

A nivel emocional, muchos profesionales parecen ser los «responsables» de los problemas del paciente y responden como si fueran ellos los que padecen el trastorno. Lo que debe reconocer cualquier asesor es que tiene que responder a los problemas del paciente con compasión y entender que es su obligación asistir, escuchar e informar cuando sea necesario, pero no asumir la carga. Cuando ayudamos en exceso, los pacientes se sienten impotentes. A menudo es muy difícil encontrar el equilibrio en la terapia de ayuda sin fomentar la dependencia. Es una cuestión de ser responsable con el paciente más que de serlo para el paciente. El asesor necesita siempre tener en cuenta que el problema es del paciente. Aunque pueda parecer frío es, a largo plazo, lo mejor, tanto para el orientador como para el paciente. La mejora del paciente es siempre más fácil cuando aprende a prescindir de la ayuda y a ser responsable de su propia vida. Una de las tareas más difíciles que un profesional debe aprender es permitir a los pacientes cometer errores. Aunque, muchas veces, lo que yo consideraba un «error» ha resultado ser la mejor solución para el paciente. No tomar toda la responsabilidad a menudo enseña a ser más humilde. Leer el siguiente fragmento de autor desconocido me ha servido de mucha ayuda:

Dejar marchar

Dejar marchar no significa dejar de preocuparse,
Es reconocer que no puedo hacerlo por alguien más.
Dejar marchar no es alejarme,
Es darme cuenta de que no puedo controlar a los demás.

Dejar marchar no es dar permiso
Sino permitir el aprendizaje a través de las consecuencias naturales.
Dejar marchar no significa ineficacia,
Sino aceptar que el resultado no está en mis manos.

Dejar marchar no es cambiar o culpar a los demás,
Es dar lo mejor de mí.
Dejar marchar no es cuidar, es preocuparse.
Dejar marchar no es solucionar, es ayudar.

Dejar marchar no es juzgar,
Es permitir al otro ser humano.
Dejar marchar no es intentar llegar a un resultado,
Sino permitir que los demás construyan su propio destino.

Dejar marchar no es ser protector,
Es permitir al otro enfrentarse a su propia realidad.
Dejar marchar no es poner reglas,
Sino esforzarse para conseguir todo de lo que soy capaz.

Dejar marchar no es temer menos, es amar más.

Un aspecto muy importante de la autoayuda es la habilidad de volver a formular situaciones. Teniendo en cuenta que los procesos cognitivos determinan la intensidad emocional de una situación, se puede reducir el estrés si se cambia la forma de entender esta. De esta manera, en mi caso, puedo dejar de ver a un paciente difícil como un problema, y empezar a verlo como una fuente de aprendizaje y, de la misma manera, puedo entender la discapacidad auditiva, no como una tragedia, sino como un profesor. Existe una gran oportunidad de aprendizaje y crecimiento profesional tanto en un paciente difícil como en una persona con discapacidad. Esto es tan cierto para el paciente como para el terapeuta.

En el curso de nuestras experiencias clínicas, nos encontramos con muchos pacientes emocionalmente necesitados y al profesional se le asigna el papel de proporcionar este apoyo. Si este apoyo se entiende y experimenta como agotamiento, es el asesor el que enseguida se encontrará cansado. Hay una historia para niños llamada El árbol generoso de Silverstein que define «dar» como agotamiento. En la historia, un niño pequeño acude continuamente a este árbol para que le ayude, y éste lo hace encantado. Cuando el niño se ha hecho mayor sólo queda del árbol un montón de astillas. La noción de «dar» también puede ser reformulada; creo que el agotamiento se produce por una mala actitud hacia el hecho de dar. En mi caso, desde mi experiencia como terapeuta, me he sentido muchas veces realizado e incluso he dado las gracias a pacientes por permitirme ayudarles. Asistir a la gente en un proceso de crecimiento personal enaltece. Es el momento de gloria que justifica mi dedicación a una profesión de ayuda a los demás. Para poder dar, tengo que estar seguro de que primero he cubierto mis propias necesidades. Tengo que dar por lo que me sobra, no por mi propia necesidad. Una buena metáfora para el profesional que ayuda podría ser el caso de un vuelo: los auxiliares de vuelo nos recuerdan que si volamos con un niño debemos ponernos la mascarilla de oxígeno antes de ayudarle. ¿Cómo podríamos ayudar a nuestro hijo si estamos inconscientes? Esto tiene mucho sentido, pero los padres no siempre lo entienden. La preocupación por uno mismo debe estar siempre por delante, después viene ayudar a los demás. El liderazgo es lo que queda después de satisfacer tus propias necesidades.

Cuidar de uno mismo debería implicar un crecimiento personal. La mejor «herramienta» clínica soy yo mismo, e igual que el otorrino necesita recalibrar su audímetro, yo necesito encontrar experiencias que me «recalibren». Durante mis cuarenta años de experiencia clínica, he asistido a grupos de ayuda para el crecimiento personal. También he tomado clases de Outward Bound (aprendizaje de técnicas de comportamiento social), he explorado el yoga, los masajes y, recientemente, un taller sobre el abandono. Me he tomado varios retiros espirituales budistas que me han dado la oportunidad de reflexionar sobre mi propia vida e incorporar hábitos mejores. Todos necesitamos tomarnos un descanso de vez en cuando. Recuerdo una historia que leí en una revista. El autor estaba presente cuando Bill Rogers batió el record en la maratón de Boston. Para su sorpresa, Rogers se paró en un momento dado para beber agua y tranquilamente echó un vistazo a su alrededor. El autor pensó al principio que si no hubiese parado, habría conseguido un record incluso mayor, pero, después de reflexionar, se dio cuenta de que Rogers batió el record precisamente porque paró. Continuar corriendo sin beber no iba a funcionar.

También debo encontrar en el día a día esas actividades que me ayudan a centrarme. En mi caso, las actividades repetitivas, como la jardinería, hacer pan y el ejercicio, parecen funcionar. Soy inepto para la meditación aunque lo sigo intentando y lo hago con mis alumnos en clase de orientación. La meditación es tan atractiva como actividad para concentrarse porque se puede hacer en cualquier sitio. Solo necesito cerrar la puerta de mi oficina y sentarme tranquilamente controlando la respiración para concentrarme; lo malo es que me cuesta hacerlo como rutina. El libro "Cómo asumir su propia identidad" de Jon Kabat-Zinn me ha servido de mucha ayuda, tanto para comprender el pensamiento budista como de guía de meditación. De hecho, leo algunos extractos antes de meditar con mis alumnos de orientación.

La clave de la orientación es el coherencia del orientador: a mayor sentido común la técnica se escabulle o, mejor dicho, se convierte en la propia personalidad. No es necesario ser una persona completamente coherente para ayudar con éxito; es una meta que hay que buscar continuamente. Para ser eficaz en la ayuda hay que tener un interés especial por las personas y tener empatía. Hay que ser una persona comprensiva que no impone sus creencias a los demás, mantener siempre la conciencia de uno mismo y esforzarse por estar siempre atento en el día a día. El crecimiento profesional y nuestra habilidad para servir de ayuda se medirá por nuestra capacidad de crecer como individuos. Se lo debemos a los pacientes y a nuestra profesión.


Bibliografía:

Kabat-Zinn, Jon, Cómo asumir su propia identidad, Plaza y Janés, 1995.

Luterman, D., Counseling Persons with Communication Disorders and Their Families, Pro-Ed, 2001.

Meadow, K., «Burnout in Professionals Working with Deaf Children» en American Annals of the Deaf, nº 126 (pp. 13-19), 1982.

Napier, A. and Whitaker, C., The Family Crucible, Harper Perennial, 1978.

Silverstein, S., The Giving Tree, Harper and Row, 1964.

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