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Mi camino

Era una decisión arriesgada, dos personas sordas en un grupo de oyentes para hacer el Camino de Santiago juntos.

Decidí dejarme llevar, si había llegado hasta aquí, había que continuar y seguir adelante con el planteamiento. Lo importante era hacer el Camino, con personas sordas u oyentes era secundario.

Pronto el grupo empezó a tomar conciencia de nuestras limitaciones, aprendieron a esperar el contacto visual antes de hablar, a rozarnos con cariño para invitarnos a mirarles del mismo modo que nosotros nos habituamos, con aceptación, a perder conversaciones, a no entender el por qué de unas risas, a perder muchas palabras.

Una vez ya en el Camino, todas las personas se movían al mismo son, no importaba que fueras de aquí o de allá, que tu ritmo al caminar fuese mayor o menor, que fueses sordo u oyente.

Al paso de una bicicleta que no yo no oía, las personas cercanas me alertaban pensando que era una oyente despistada, si alguien me hablaba desde atrás y yo no le contestaba, volvía a dirigirse a mí, extrañado, al situarse a mi lado, lo que me daba la oportunidad de explicar el por qué  de mi silencio.

El ambiente en general era sano, distendido, lo que me facilitó poder explicar mi discapacidad y sólo algunas veces, reconozco, tuve dificultades.

Guía, móvil y coche de apoyo hicieron el resto. Hoy puedo decir, con orgullo, como persona primero y como persona sorda después “he hecho el Camino de Santiago”. Hoy sé que puedo y animo a otras personas a hacerlo.

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