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Mi hermana

Cuando yo nací, en mi familia el "montaje" ya estaba montado: audífonos, audiólogos, clases particulares, logopeda, etc. Para mí, todo aquello era algo normal. Entraba y salía de las clases particulares de mi hermana como si fueran una fiesta, me sentía con derecho a ir y a trabajar igual que ella. Mis padres habían conseguido que para mí todo fuera normal y divertido.

Creía que en cada familia habría un hermano sordo. Un hermano a quien se le presta más atención entre todos, a quien se protege. Un hermano que no oye cuando la regañina se avecina por el pasillo y, sólo cuando ve a papá con cara de enfado, es capaz de reaccionar y de meterse en la cama simulando que ronca desde hace rato. Un hermano que, harto de charlas, se apaga los audífonos y te dice "no te esfuerces, ya no te oigo, me he apagado los aparatos". Un hermano al que le aplauden cuando dice una palabrota con la que tú no puedes ni soñar (pues la ha aprendido de oído y no leída, y ¡eso es todo un logro!).

Fue en el colegio cuando me di cuenta de que mi familia no era igual a las demás. De que no en todas las familias había un hermano sordo. De que las demás niñas hacían muchas preguntas sobre el tema. Ninguna rara, ni a mala idea, simplemente tenían curiosidad. Y entonces te conviertes en defensor de tu hermana, con tus respuestas a preguntas, con tus acciones, con la forma de hablarle y de contarle las cosas, de filtrarle lo que no le va a gustar.

Creces. Y tu vida ya no se restringe a casa y a las clases particulares en las que te colabas, sino que cada una tiene su vida, sus amigos, sus profesores, sus éxitos y sus fracasos. Sus éxitos, aplaudidos siempre con entusiasmo, los tuyos, aplaudidos simplemente. Sus fracasos, achacados a su problema; los tuyos, son generalmente tu culpa. Éxitos y fracasos que, efectivamente, hay que aplaudir o llorar con distinta intensidad en un niño o en otro, pues cada uno tiene unas capacidades, pero, cuando eres pequeño, esto no lo comprendes. Mis padres supieron explicarnos esas marcadas diferencias y aplaudirnos fuertemente nuestros pequeños esfuerzos como hermanos.

Te haces mayor. Y a lo largo de la vida aprendes la cantidad de cosas que se pierde una persona no oyente. Y duele conocerlas, especialmente cuando esa persona es tu hermana. Cosas que en el día a día encuentras infinitas veces: la televisión, el cine, el teatro, escuchar en clase, conversaciones cruzadas en un grupo de amigos, el teléfono, hablar otro idioma, simples ruidos, matices en conversaciones, …

Y también aprendes que esas pérdidas hay que combatirlas con esfuerzo continuo e intenso, con paciencia y perseverancia, con ayuda de profesionales y sobre todo con la de las personas que te quieren. Yendo siempre con los otros cuatro sentidos alerta por la vida.

Y sigues protegiendo a tu hermana y sigues ayudándola. Y te siguen preguntando y entonces, con tus respuestas, te das cuenta de lo orgullosa que estás de ella; de lo lejos que ha llegado con ese esfuerzo, con esa paciencia, con esa perseverancia; de la cantidad de altibajos que ha tenido y que ha sabido superar. Y te das cuenta de que esa protección excesiva que le dabas ya no es necesaria, porque realmente ella es independiente, tan capaz como tú aunque tenga una discapacidad física. Te das cuenta de que si ciertas barreras materiales y sociales pudieran eliminarse, nada habría de diferente entre su vida y la tuya.

Ya no la proteges, pero la sigues ayudando y recibiendo su ayuda, porque ¿Quién no necesita ayuda de los demás?. Y en mi caso (y sin haber sido plenamente consciente), quizá sea mi hermana la que más me ha ayudado en la vida, con su ejemplo, con su actitud, con haberlo conseguido todo cuando podía no tener nada.

PD: Marta (sorda profunda) es Licenciada por la Universidad Complutense de Madrid, habla español, inglés y algo de italiano, por citar algunos de sus logros medibles. Otros (muchísimos) son más subjetivos y por lo tanto menos evaluables sobre el papel, aunque mucho más valiosos.

María, hermana menor de Marta.

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